
Sonaban los impactos rasos, entre distantes y cercanos, confusos. Sudoroso por la lucha de una digestión forzada a causa de demasiados frijoles, guacamole y chelas. Despierto y abro los ojos buscando el cuerpo de mis dos mujeres a mi lado. Como es de esperar, es de noche aún, el jetlag no falla en estos casos.
Foto. Federico Próspero © copyright
Así que subo por primera vez a la azotea para esperar la luz que baja como puñado de dedos de entre los cerros sobre el Pacifico mexicano. Los impactos son ahora ubicables, están ahí, cruzando la calle. Tienen cara. Tienen como cuatro metros de cara y golpean la arena con tanta bronca que se sienten en los pies.
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Zicatela lo tiene todo, incluso un nombrete gringo que se lee a lo largo de toda la rambla en cada venta de recuerdos, colgados de perchas en remeras que dan a la calle casi con orgullo. El Mex Pipe le dicen, aludiendo ni más ni menos que a Banzai Pipeline. Esto de entrada puede parecer una palmadita en la espalda pero al poco rato genera mal sabor de boca. Se me hace a copia de mala calidad. Como si por ser Pipeline primera antes que las demás se debería medir al resto con ella. Como si fuera una pelea entre varones viendo quien mea más lejos y el primero lanzando de parado sobre un banco decide que es justo que el otro no tenga más que la altura de sus talones. Y ahí, victorioso le palmea la nuca con todo respeto y la mano aún húmeda.
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No es por desmerecer a Pipe, no hay forma de hacerlo. El tema es que Zicatela, a diferencia de la otra, quiebra sobre arena. Acá no hay canal, acá el pico se mueve de un lado para el otro. Se planta entre las mejores del mundo con el piso menos apreciado por su inconsistencia. Es un milagro que exista y es tan extraña, en el sentido de ser singular, como potente.
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Al bajar a desayunar veo que abren los comercios y conozco a Miguel, un avispado dueño de surfshop. ...”Yo no surfo, pero sé lo que hay que usar. Sé que si traes las tablas que usas en tu casa aquí no te van a funcionar”… Me contó de lo tozuda que es la gente en entrar con sus tablas largas y finas, renegando de esos lanchones que abundan en estas tiendas. Son verdaderas bestias gruesas cómo el cuello de un mastín y es que hay que entrar bien cargado de cuerpo para maniobrar entre esas olas. Se necesita remada y volumen para llegar a tiempo. Es un poco una lucha de supervivencia y otro poco por trascendencia tanto para el surfista como para la tabla. No tan metafóricamente hablando en este último caso ya que se conocen tablas que le han dado grandes olas a grandes surfistas de estos lados por mucho tiempo. Son reconocibles, salen en las revistas incluso.
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Luego me contó de como vuelven los tozudos a cambiar quivers enteros por gruesas esperanzas de cuatro quillas y cómo él hace valer ese conocimiento. Lo pagan caro. Muy caro si tenemos en cuenta que siempre hay chance de que en la primera remada se parta la tabla que valió muchas.
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La falla de San Andrés, que pasa a pocos cientos de metros de la costa, genera un cambio de profundidades tan grande y abrupto que solo el oleaje golpea ahí de esa forma. Un guía me hizo notar que incluso a La Punta, que queda a poco del mejor pico de la playa, no llegan tan altas las olas. Zicatela es un embudo para el swell y los bancos son justo lo que hace falta para que gente de todo el mundo llegue a medirse.
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Acá pasan cosas extrañas para un oriental acostumbrado a mares escasos y fugaces. Vengo una noche caminando por la calle de la mano de mis mujeres cuando escucho que un chico le grita a otro…”Mañana va a estar bueno, baja el mar”… Sorprendido por la diferencia en el valor de las expectativas comparando con las que encontraría en mi tierra me vuelvo a topar con ese comentario en la cena. Le cuento a mi amigo que me esperaba en el restaurante del hotel y él me dice que no se habla de otra cosa entre los huéspedes.
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Vuelvo a tener una noche pesada, no me quiero quedar con las ganas de probar todos los platos del menú. El picante es algo fuerte para un gaucho lejos de la cocina tranquila de casa. Sueño con un coyote y un hombre vestido de jaguar que vi en la feria de artesanías. Es raro como casi todos los sueños. Corre un coyote entre los arboles bajos y pelados del paisaje seco y un hombre vestido de jaguar maneja un taxi verde y blanco. Me los traje para casa cómo recuerdo. Al despertar encuentro a mis mujeres al alcance de mis manos. Mi mujer duerme a mi lado y en ella mi hija que nos acompaña en su quinto mes de gestación. Nada más hermoso en la tierra. Ni siquiera los brillantes tubos de la mañana sin viento del último día en Zicatela.
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